A veces es menester proclamar principios. Y me apetece ahora que, tanto los que me conoceis como los que no, sepáis algo más de lo mío. Creo que los gustos y las costumbres dicen más de alguien que su propia cara, y sin duda, mucho más que su curriculum. Os hablo mucho de mis gustos literarios, cinematográficos y musicales, pero casi nunca hablo de mis gustos y disgustos básicos, de andar pos casa.
Como son muchas cosas, me voy a centrar hoy en lo gastronómico.
Me gusta tomarme un café en una terraza con el periodico. Me gustan los churros y son una de las cosas que más echo de menos de mi vida en España. Pero aún más me pone desayunar fuera o en un hotel. O un brunch en el
Deli Delux. El brunch es el mejor invento importado desde la televisión. Me fascina madrugar un domingo, coger el metro y plantarme allí el primero, para comer un bagel de salmón.
Me encantan los cócteles que prepara el simpático
Dave, o los que hacía mi estimado
George en los primeros tiempos del
Cinco, especialmente el
Jules o el
Pink Mojito. Pero no es extraño, porque me privan los cócteles. Me gustan las caipirinhas, pero me horroriza que no piquen el hielo. Me gusta el Cuba Libre, el Negroni antes de comer y el Long Island Ice Tea. Pero sólo los tomo cuando sé que estarán bien. Odio un cóctel mal hecho o mal presentado, en el que no se pierden ni cinco minutos en su preparación. También odio a los camareros que no controlan las proporciones de cada elemento.
Me placen los cafés bonitos. Pero con el café bueno. No sé cómo se puede afirmar que España es un líder gourmet del mundo cuando tomamos el café que tomamos. Lo mismo para el pan, que cada día es peor. El café no puede quemar NUNCA. Y ha de caber en una taza de café y no en los vasos de 200 centilitros que sirven por España. No me gusta que la gente pida un café con leche después de comer. Me da la sensación de que se van a poner un pijama y a acostarse inmediatamente. Ya que estamos, el café, con cuchara de café y no con los remos habituales. El café con hielo en contadas ocasiones, como el comer con Coca Cola (aunque ésto último no lo he hecho nunca).
Por lo anterior deducís, imagino, que me va comer. Me vuelve loco. Es mi pasatiempo favorito y lucho contra el sobrepeso desde que tengo conciencia, y desde una visita veraniega a Santander. Adoro los restaurantes caros y las tascas, pero no soporto la pretensión. Me enferman los locales en que el cocinero se cree
Bocusse y no sabe freír un huevo. Me irrita que el atún o la carne venga muy hecha. Me gustan las cartas laaaaaargas. Me gusta la comida de mi tierra, pero también la portuguesa, la francesa, la italiana, la china, la india, la japonesa o la alemana, en el
Panno de Boca, restaurante de mi amigo
Detlef Fisher, que además está dentro de un teatro. La italiana en el de mi amigo
Luca Manissero (espero que te guste la publicidad), aunque tiene demasiados políticos y pijas peligrosas. La china, en el mejor de Europa, el
Mandarín del Casino de Estoril (QUE DIM SUM!!!, gracias
Mavisa y
Óscar por descubrirmelo) o en
el Royal China de Queensway, que
Galo me descubrió, y aún le debo una cena de semejante cuenta. La india, en el Tamarind.
Pero también me paseo por las tascas. Las tapas, como antiguamente y menos éstas cosas del diseño. El bar
"Estudios" de Zaragoza, con sus quesos y embutidos. Las tabernas de la plaza de Santa Marta de mi ciudad natal, como el Marpy o el Lince, con sus sardinas picantes. Cada día son menos los decanos de la tapa, pero alguno queda. En Lisboa, muchos. Pero me quedo con "A Toscana", por su aspecto, los bigotes de sus sócios, y las "raquetas", las 30 cervezas, el bacalao nadando en aceite y los calamares a la brasa.
El agua, fría. No me la traigan del tiempo sin preguntar.
Creo obligatorio mojar pan en el plato. Hace años que leí "La casa de Lúculo" de
Julio Camba (recordadme que haga un post) y como él, y
Galo (el del chino) creo que es un insulto al chef no untar el pan en las salsas que tanto trabajo llevan. También me gusta mojar los churros y el croissant. Y comer con los dedos.
Hay regiones o ciudades donde nunca se falla. Como la Rioja o Évora. No hay restaurante malo. De esos a los que volverías sólo por unas croquetas o un postre (mi madre lo corrobora).
Pero me molesta cuando la gente afirma que se come mal en una ciudad o en un país, y lo que pasa es que no sueltan la faltriquera. Tal es el caso de Londres.
El vino, casi todo. Si me pongo fino, el del Duero, español o portugués. Pero soy capaz de beberme el que mi amigo
Marcos tenía siempre, en garrafa de cinco litros, de la cooperativa de Cosuenda, y me sienta de maravilla. Eso sí, a partir de 15 euros, ya no distingo, me parece todo bueno (ésta reflexión es robada de otro amigo).
De postre, chocolate. Negro. Desde mi experiencia amazónica, con la visión de la manteca del cacao, no creo que soporte el chocolate blanco, que tampoco me movió mucho nunca...
Me guardo otros secreto, como el sitio donde degusté el gin tonic de la foto. Es en Enero, aunque no lo parezca y sirven el mejor pescado del hemisferio norte.
Y ya está casi ahí la temporada de sardinas en Lisboa. Un evento que espero como la Navidad... o más.
Espero que os haya entretenido tanto como me he divertido escribiendo éstas ideas. Seguiremos con ésto.